Wednesday, Jan. 23, 2019

Roberto Calvo

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6 septiembre, 2012

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Roberto Calvo

Dice Roberto Calvo:

Nací en el barrio de Mataderos (Buenos Aires), el 11 de enero de 1962. Nardo (mi viejo), era colectivero (pero le gustaba que dijeran “chofer de larga distancia”) y Lucy (mi vieja) era, en ese entonces, una chica que había venido del campo para casarse (hermana de un compañero de laburo de mi viejo).

Viví mis primeros años en la casa de mis abuelos, y luego nos mudamos a Lomas de Mariló, en la zona oeste del conurbano.

Tengo recuerdos borrosos de esos primeros años en “el lejano oeste”, poblados de miedos nocturnos, ante la ausencia de mi viejo, de viaje, trancando las puertas con la mesa de la cocina, metiendo nuestro perro adentro de la casa, a medio construir;  y mañanas soleadas, muy brillantes, a veces llenas de escarcha.

Una de esas mañanas, cuando tenía cuatro años, él (mi papá), apareció con la primera guitarra. Era de tamaño normal, pero yo no, así que hubo que cambiarla por una más chica.

Al toque, mi viejo averiguó en un conservatorio de la ciudad de San Miguel si aceparían inscribir un niño tan pequeño, a lo que respondieron: “…debe saber leer y escribir”. He aquí una de las ventajas de estar tanto tiempo solos con ella (mi vieja), me había enseñado esas cuestiones.

Al poco tiempo, en el conservatorio  me habían adoptado como una especie de “mascota” (debería ser un enano insoportable, seguramente).

Mi maestra de guitarra, se llamaba Alicia Echeverría (Licha), de quien yo estaba enamorado. Su madre, Ethel Peluffo, fue quien me enseñó a leer música.

Debo decir, también, que, durante un tiempo que no puedo precisar, mi vieja estudió, junto conmigo, para poder ayudarme. De hecho, aún tengo por ahí, un cuaderno en el que ella copiaba las letras de las canciones que luego yo (y ella también) cantábamos y tocábamos.

No voy a profundizar en los detalles de mi infancia, que fue muy feliz, por cierto, sólo mencionaré que, gracias a que en los actos escolares tocaba “la viola”, mis maestras tenían ciertas contemplaciones con mi rendimiento en clase.

Recuerdo, también, la afición de mi viejo por la música.

Le gustaba cantar algún tanguito en los asados o reuniones y, siempre, orgulloso, presentaba al hijo que tocaba la guitarra (o sea, yo). Cosa que yo odiaba, sobre todo, cuando al minuto o minuto y medio de mi “brillante concierto”, la gente se distraía y empezaban a conversar. Gajes del oficio.

Estudié en San Miguel más de diez años y, al “recibirme”, con sólo catorce o quince años, una de mis maestras me consiguió un puesto de profesor en una escuela de danzas, en la que también se enseñaba guitarra, obvio (mis dotes de bailarín no eran correctamente valoradas, por ese entonces), donde había más de cuarenta alumnos de todas las edades y pelajes.

Recuerdo el miedo que me daba ir a ese lugar, en el que la mayoría de mis alumnos eran mayores que yo, que, además, nunca había enseñado. Pero a pesar de todo trabajé ahí muchos años, tuve muchos alumnos y aprendí a, por lo menos, perderle el miedo a la enseñanza. Y no sólo eso, ahí comprendí muchas cuestiones que cuando tuve que estudiarlas, incorporé sólo de una manera superficial.

A los diecinueve años, ingresé en el Conservatorio Julián Aguirre, de Morón. Ahí tuve como maestros a Tzvetan Saveb y a Lucio Núñez, quienes, cada uno a su tiempo, se encargaron de corregir muchas de mis falencias técnicas y me enseñaron a interpretar profundamente el repertorio guitarrístico.

En esa época, fue que empecé a tocar, además del repertorio clásico, bastante música popular.

En realidad, desde hacía un tiempo, con unos amigos del barrio, tocábamos música cuyana, tangos y algo de bossa nova.

La experiencia fue muy movilizante para mí. De hecho, por ese entonces, junto con los hermanos César y Tato Angeleri y Héctor Barría, fundamos Santaires (grupo que aún integro).

Fue Héctor Barría que me hizo continuar mis estudios en el Conservatorio Juan J. Castro, deLa Lucila, con la concertista Irma Costanzo.

A esa altura de los acontecimientos, transitaba paralelamente el camino de la música “popular” y la música “culta”, disfrutando de ambas y sintiéndolas una misma cosa.

Santaires  fue mi puerta de entrada al campo profesional de la música, ya que, a partir de ahí, tuve oportunidad de acompañar a un sinnúmero de cantantes, hacer arreglos, grabar y, sobre todo, aprender el oficio del guitarrista popular.

Luego estudié improvisación con Javier Cohen y Armando Alonso; Armonía y Orquestación con Manolo Juárez , Daniel Jáuregui y Lito Valle.

Pues bien, habiendo andado mucho, el tiempo me dio la posibilidad de formar parte del Quinteto Ventarrón, junto a grandes guitarristas, como Gustavo Margulies, Néstor Basurto y el mismo César Angeleri (es una pesadilla que me persigue), además del contrabajista Marcos Ruffo; con quienes además de haber logrado ocupar un lugar importante en la historia de la guitarra en el tango, pudimos realizar varias giras, lo que me permitió conocer lugares tan bellos como lejanos.

Hace unos años, junto a Juan Falú, fundamos El Guitarrazo, que luego, con el aporte de mi colega y amigo Román Giúdice y del guitarrista Eduardo Tacconi, se convirtió en Orquesta Escuela de Guitarras. Un ámbito en el que siento devolver, aunque sea en una pequeña parte, todo lo que la música y, más precisamente, la guitarra, me han dado.

Me dedico a la docencia desde adolescente, habiendo transitado por diversas metodologías de enseñanza a partir de la experiencia y puedo decir que he ido aprendiendo a enseñar, o, también, aprendiendo junto con mis alumnos. Siempre he tratado de volcar en la enseñanza la experiencia de la práctica y sé que, a esta altura de los acontecimientos, el camino recorrido constituye, por sí mismo, un capital y un fundamento invalorables.

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